viernes, 15 de junio de 2012

Garconniere. Autor: Rubén Darío


Cómo era el instante, dígalo la musa 
que las dichas trae, que las penas lleva: 
la tristeza pasa, velada y confusa; 
la alegría, rosas y azahares nieva. 


Era en un amable nido de soltero, 
de risas y versos, de placer sonoro; 
era un inspirado cada caballero, 
de sueños azules y vino de oro. 


Un rubio decía frases sentenciosas: 
negando y amando las musas eternas 
un bruno decía versos como rosas, 
dos sonantes rimas y palabras tiernas. 


Los tapices rojos, de doradas listas, 
cubrían panoplias de pinturas y armas, 
que hablaban de bellas pasadas conquistas, 
amantes coloquios y dulces alarmas. 


El verso de fuego de D'Annunzio era 
como un son divino que en las saturnales 
guiara las manchadas pieles de pantera 
a fiestas soberbias y amores triunfales. 


E iban con manchadas pieles de pantera, 
con tirsos de flores y copas paganas 
las almas de aquellos jóvenes que viera 
Venus en su templo con palmas hermanas. 


Venus, la celeste reina que adivina 
en las almas vivas alegrías francas, 
y que les confía, por gracia divina, 
sus abejas de oro, sus palomas blancas. 


Y aquellos amantes de la eterna Dea, 
a la dulce música de la regia rima 
oyen el mensaje de la vasta Idea 
por el compañero que recita y mima. 


Y sobre sus frentes, que acaricia el lauro, 
Abril pone amable su beso sonoro, 
y llevan gozosos, sátiro y centauro, 
la alegría noble del vino de oro.